Me voy a permitir un cambio de registro en el blog. Voy a volver a escribir en un tono más personal que político. Eso sí, voy a hablar de política.
El miercoles entré a trabajar como siempre a las 8:00 de la mañana, pero salí a las 21:30. No es habitual, pero a veces me toca.
Cuando ocurren estas situaciones, el día siguiente suelo entrar algo más tarde.
Jueves a las 8:30 de la mañana. Estoy entrando en Marques de Vadillo para ir al trabajo. Me cruzo con un latinoamericano de rasgos marcados y estétitca habitual - moreno, bajito, mochila, vaqueros... - iba con la mirada perdida, cabeza gacha y a un ritmo normal. Él tomaba la dirección contraria a la mía, es decir, la de salida. Según le vi, no sé por qué, me fijé en él. De estas cosas que te pasan que te fijas en alguien en el metro porque sí.
Pensé que o bien venía a trabajar al barrio (cosa extraña) o bien que venía de trabajar y se disponía a ir a su casa.
Al atravesar la puerta de entrada, veo a un policía nacional con guantes, paso firme y ligeramente acelerado. No corría, pero iba rápido.
Tuve un presentimiento, así que me detuve.
Mis sospechas se confirmaron, no sé por qué pero el policía paró al latinoamericano, que puso cara de no entender qué estaba pasando.
En esas, un chaval de unos 17-18 años con estética adolescente rebelde (despeinado, media melena, camiseta de algún grupo que no recuerdo) se paró entre el policía y yo y gritó bien alto mirandome a mí, que era el único que se había parado, pero dirigiéndose a todo el mundo:
- Tened claro que así es como tratan a los inmigrantes. Le están pidiendo los papeles sólo por ser inmigrante.
Asentí con la cabeza, mientras recordaba que un colega mio me estuvo explicando que él participaba en un grupo que denunciaba estas cosas.
Se me hacía tarde, y aunque el cuerpo me pedía ir allí al lado del policía con el chaval rebelde, no tenía nada claro qué podía/debía hacer. Pensé que iba a entorpecer más que ayudar, y lo más que podía conseguir era enfadar al policía, que seguro que no se desahogaría conmigo.
Me fui a trabajar, y el chaval rebelde al instituto, la universidad o donde sea.
Desde ayer tengo una mezcla de sentimientos; rabia por la injusticia vivida tan de cerca, culpabilidad por no haber hecho nada y melancolía por la cara del inmigrante de no entender por qué le estaban parando a él.